triste
triste
triste-
zas.
30.3.11
11.3.11
sospecha 6: un recuerdo terrible.
hay una angustia ácida y turbia, tan potente como un cuchillo, y en la que el descuartizamiento tiene el peso de la tierra, una angustia de relámpagos, en puntuación de simas, cerradas y apretadas, como chinches, como piojos duros, cuyos movimientos están congelados, una angustia donde el espíritu se estrangula y se corta a sí mismo --se mata.
de antonin artaud en 'el ombligo de los limbos'
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7.3.11
crónicas del subsuelo. 15.
un chavo delgado vestido de negro. muy dark. de pelo largo esponjado y sudadera de algún festival de sangre se subió a mi vagón. iba leyendo un libro de porrúa, eso lo deduje por el cuadro del texto. alrededor del libro sostenía de forma incómoda unas hojas bond de forma tal que éstas cubrían casi en su totalidad la portada del libro. esto me resultó altamente sospechoso, sin embargo no le di mucha importancia.
en un reacomodo quedé lo suficientemente cerca como para saber qué estaba leyendo. como toda edición de porrúa, el título del libro estaba de encabezado de hoja: mujercitas.
me sorprendí. se dio cuenta. en la siguiente estación se cambio de vagón. entonces fue que hice mi segunda deducción de la tarde. la hoja bond tenía por propósito cubrir el título del libro. el muchacho oscuro no quería ser sorprendido leyendo mujercitas.
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4.3.11
crónicas del subsuelo. 14.
me pregunto qué hacen esas dos señoras viejas sentadas en el escalón más alto de la salida de metro juárez. dos señoras viejas y cansadas sentadas una a lado de la otra con la cabeza entre las rodillas. parecen descansar sino dormir. dos o tres noches a la semana. me parte ser tan cobarde y no preguntarles. me parte cómo pasa el mundo a su lado tan indiferente.
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28.2.11
crónicas del subsuelo. 13.
un señor, vestido con pantalón azul claro de mezclilla y una palyera blanca, estaba tocando un saxo tenor afuera del metropolitan. un su hijita, parada junto a él, sostenía la cachucha para la cooperación peatonal.
el señor silbaba por la boquilla del saxofón más desgarrado que he escuchado en mi vida. un sonido de ronco metal que hace vibrar melodías de forma que no se necesesita nada más. 'cuando calienta el sol'. se mecía suavemente y muy poco, siguiendo las formas de su música. los ojos no estaban cerrados, estaban bien abiertos y observaban lo que sucedía en la calle de independencia, unos ojos sencillos. ni su rostro ni su cuerpo ni nada en él había asumido ese conocido gesto de sentimiento, sus facciones no estaban apretadas ni sufriendo. he visto tipos (clase medieros y burgueses) que no tocan un carajo pero eso sí, el show lo montan bonito: se mueven mucho más ellos que sus melodías. de la cintura para arriba son un péndulo, un huracán; mientras sus piernas se doblan como si no pudieran sostener el peso del sentimiento. se cierran hacía sus adentros, como si el sentimiento estuviera ahí, desconectado del mundo.
el señor del que les hablo no era para nada así, era un músico sencillo, no actuaba el sentimiento, todo estaba puesto en la música, no en los ademanes.
cerró con 'así fue'.
su saxo me mandó de inmediato a la melancolía. me quedé pensando que para poder decirle algo con música a esta ciudad monstruo se necesita verla a la cara y haberla padecido en carne y hueso.
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18.2.11
flor de azálea
tu sonrisa refleja el paso de las horas negras
tu mirada la más amarga desesperación
hoy para siempre quiero que olvides tus pasadas penas
y que tan sólo tenga horas serenas tu corazón
(pero en voz de jorge negrete...)
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31.1.11
crónicas del subsuelo. 12.
muchos veníamos bajando las escaleras. de entre todos, uno iba bajando con un diablo, una carga que se veía pesada. era evidente que la carga no le pertenecía y que transportarla era su trabajo. su descenso era mucho más trabajoso que el de cualquier otro. cada que lograba bajar un escalón sonaba el golpe del diablo con la carga y los gruñidos del esfuerzo. varios pasamos junto a él sin ver.
unos escalones más abajo iba un ciego con bastón y lentes negros. el bastón en vertical sostenido con la mano izquierda. la distancia del bastón al cuerpo era tanta como la extensión del antebrazo. la base del bastón llegaba un poco más abajo que la altura del escalón en el que él tenía los pies. la cabeza bien erguida, se mostraba concentrado en el descenso.
de repente el ciego se detuvo, subió un escalón de regreso, intercambio algunas sencillas palabras con el que venía batallando, agarró al diablo de los pies mientras el otro lo agarraba de los brazos. ya entre los dos bajaron el resto de las escaleras sin bronca.
yo lo entendí así: esos dos personajes no se conocían, el ciego sólo era ciego de ojos y el diablo está por todos lados.
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